El sistema económico y el capital


Ilustración por Kike Estrada

Ilustración por Kike Estrada

La noticia sobre el aumento drástico en el precio de las medicinas que se discutió hacen unas semanas, nos ilustra el impacto directo en el quehacer diario de los individuos en Puerto Rico del sistema económico escogido para nosotros por el gobierno de los Estados Unidos de América.  Una serie de empresas multinacionales deciden aumentar el precio de sus productos dentro de una industria altamente regulada, donde las patentes de exclusividad son la regla y donde la salud se ha convertido en una mercancía para generar ganancias. A pesar de las regulaciones y las patentes, los precios de los medicamentos no son controlados por el gobierno y se dejan a la “libre competencia”. Este ejemplo ilustra de forma mas clara la ausencia de un real “mercado libre” en nuestro sistema económico. La promesa del mercado libre es que funciona cuando la competencia, la oferta y la demanda asegurarán una producción mas eficiente y un precio competitivo. Pero este “mercado libre” que tenemos, está lleno de contradicciones que causan que nuestro sistema económico esté muy lejos de la promesa de prosperidad para todos.

Ilustración por El Roto

Ilustración por El Roto

El capital indica que en un “mercado libre” debe estar ausente de dirigismo gubernamental, cuando realmente quieren decir que “el gobierno no debe implementar políticas que afecten la generación de ganancias y su distribución a la clase adinerada, pero si debe intervenir cuando provee ventajas y ayuda para la concentración de riquezas”. En el caso específico de Puerto Rico en su condición colonial (y se puede argüir que en toda neo colonia), “mercado libre” significa además “que el gobierno no intervenga en la explotación de recursos y la exportación de ganancias, y que intervenga para obstaculizar la competencia local y nutrir la competencia desleal”. En el sistema capitalista, el “mercado libre” demoniza el “dirigismo” de gobierno mientras oculta el dirigismo por la clase adinerada. Por tanto, este sistema económico privilegia y promueve las necesidades e intereses del capital y la clase adinerada, sin importar el impacto al pueblo. La función del pueblo en este sistema económico es simplemente utilizar su dinero, que gana con mucho trabajo y que marginalmente cubre sus necesidades, para endeudarse y consumir productos en un frenesí insostenible que logra generar inmensas riquezas para unos pocos.

El sistema capitalista necesita consumidores y productos para que se consuman. Mientras mas se consume mas aumenta el valor monetario generado. La “mano invisible” se aseguraría que en este “mercado libre” se atiendan las necesidades de todos y que todos tengan oportunidad de mejorar. Esto no es lo que logra el capitalismo dentro de una plutocracia. Lo que realmente ocurre es que el valor monetario creado es acumulado por unos pocos de la clase adinerada, de los plutócratas. El pueblo se tiene que olvidar del buen vivir para ser un instrumento de producción sin libertad y un consumidor autómata que se supone “necesite” bienes materiales que son el “mayor sueño alcanzable”. El sistema pretende, y logra, que vivamos una vida obligados a utilizar nuestro tiempo de vida trabajando para obtener el dinero para comprar el “sueño”, aspiración creada para el consumismo. Como dice José Mujica, ese tiempo de vida se pierde y el dinero no lo puede comprar.

Tomado del artículo, La libre competencia, madre de los monopolios

Tomado del artículo, La libre competencia, madre de los monopolios

Para generar ese valor monetario, los medios de producción necesitan recursos: financieros (el capital), naturales y humanos. A pesar que el capital de por si, no produce mas valor monetario, es ese capital quien acumula la mayor parte de las riquezas generadas gracias al capital, a los recursos humanos y a los recursos naturales. Si el gobierno interviene contra el lucro desmedido del capital, que crea una desigualdad disfuncional y que no es proporcional a la contribución en la producción del recurso natural y el recurso humano, entonces la intervención del gobierno es “mala”. Si el gobierno interviene para convertir en propiedad privada los recursos naturales, disminuyendo drásticamente el rendimiento que de esos recursos obtiene el Estado y la sociedad, entonces la intervención es “buena”. Si el gobierno interviene para declarar los recursos humanos como bienes comunes, así asegurando una distribución justa de los rendimientos obtenidos de estos recursos y asegurando una economía sostenible, entonces la intervención es “mala”. Si el gobierno interviene para abaratar la mano de obra bajando los requisitos de salario mínimo y desmantelando los beneficios que permiten un buen vivir, porque eso “mejora la competitividad del país en el mercado internacional y crea mas empleos”, entonces la intervención es “buena”. Si el gobierno interviene para que la distribución de las riquezas sea proporcional a la contribución del recurso humano y que permita un buen vivir, entonces la intervención es “mala”. El capitalismo neoliberal clasifica lo que es en beneficio para el desarrollo humano y la búsqueda de la felicidad como negativo. En el capitalismo neoliberal, lo que contribuye a la concentración de riqueza, aunque sea en detrimento de la naturaleza y el buen vivir de las personas, se clasifica como positivo. El capitalismo realmente no quiere un mercado libre; quiere un mercado dirigido por el capital para adelantar su agenda de concentración de riquezas, en clara oposición al desarrollo humano de los pueblos.

Pintura

Pintura “Baby Capitalism Suckling Mother Africa” por R.L. Houser

Este sistema económico es un asunto mundial que trasciende las fronteras de países. La concentración de poder y riquezas no necesariamente ocurre en el país donde se generan esas riquezas. El sistema requiere que cada país tenga sus plutócratas, quienes se benefician de tener el control del gobierno y su presupuesto, para que la mayoría de las riquezas sean exportadas a los “países desarrollados”. No es casualidad que los “países desarrollados” tengan muchas riquezas. Esas riquezas no solo provienen de sus economías y sus recursos, sino que también provienen de la explotación de recursos naturales y humanos de los países “subdesarrollados”. La hegemonía es un elemento primordial del sistema capitalista neoliberal y se han creado una cantidad de instrumentos para “trabajar por el desarrollo” de los países en vías de desarrollo. El Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional (FMI) son instituciones internacionales de mucho poder que corroen la soberanía de los países independientes para permitir la explotación por el capital internacional. Éstos combinados con los tratados de “libre comercio” son una amenaza a la soberanía de nuestros países.

Tomado del escrito

Tomado del escrito “Um grão de areia na engrenagem da “hegemonia privada” no capitalismo global: Tratado Internacional sobre empresas e direitos humanos”

Queda claro que nuestro sistema económico, apoyado por el sistema político, se preocupa por la agenda del capital, no por los intereses de los pueblos del mundo. Para mejorar nuestras relaciones con nosotros mismos, con nuestras comunidades y con la naturaleza será necesario la transformación de este sistema político-económico. Deberemos abandonar la definición de desarrollo impuesta, donde gobierna el valor monetario y la concentración de riquezas, y sustituirlo por un sistema donde el buen vivir y una economía sostenible sean posible basándose en el desarrollo humano: la seguridad económica, seguridad alimentaria, seguridad sanitaria, seguridad ambiental, seguridad personal, seguridad comunitaria y seguridad política de los humanos que componen el pueblo.

Sobre el autor

Reinaldo Martínez Velázquez es gerente de proyectos en la industria farmacéutica y bloguero de Repensando La Nación. Ha escrito mas de 70 entradas en tres diferentes blogs. Cuando no está construyendo, Reinaldo le gusta escribir de actualidades de política de Puerto Rico. Puedes seguir a Reinaldo en su cuenta de Twitter, @lifenbits, o su página pública en Facebook, Reinaldo Martínez Velázquez.

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